Técnica Alexander

En busca de la postura ideal

En busca de la “postura ideal”

Es muy común que cuando hablo con otras personas a cerca de mi trabajo, el tema de la “postura” salga a la conversación. En muchas ocasiones, al mencionar la palabra “postura”, algunas de las personas presentes reaccionan contrayendo el torzo para enderezar la espalda en un intento de reproducir lo que ellos creen que significa tener una “buena postura” o “estar derechos”. También es bastante común que varios de ellos me hagan saber que consideran muy mala la postura que tienen habitualmente y que “saben que tendrían que sentarse mejor”. Sin embargo, la conversación continúa y a los pocos minutos, mis interlocutores se relajan y terminan volviendo a esa postura que consideran “incorrecta”.

Desde hace muchos siglos, los ideales de la “postura correcta” han sido influenciados por normas socioculturales que muchas veces tienen que ver con algo estético o “práctico” más que con algo relacionado a la salud. La influencia de las ideas estéticas y de la necesidad de “ahorrar” tiempo y esfuerzo en el trabajo cotidiano nos ha llevado a inventar y diseñar herramientas (ropa, sillas, mesas, computadoras, celulares, etc.) sin pensar en la influencia que tendrán en nuestra salud. Pero más allá de “culpar” a nuestro entorno de nuestros males, a mi me gustaría invitar a un análisis sincero de cómo usamos todas esas cosas que nos rodean. Quizá la pregunta no es “¿Qué estamos haciendo?” sino “¿Cómo lo estamos haciendo?”.

En mi trabajo como músico y profesor de música he aprendido que los instrumentos musicales no tienen precisamente los mejores diseños ergonómicos que invitan a utilizarlos de manera “sana”. Sin embargo existen infinidad de maneras de usar esos instrumentos sin perjudicar ni interferir con la salud de los músicos que los utilizan. En este punto es en el que la Técnica Alexander resulta de gran ayuda.

Esta manera de “usarnos” para utilizar alguna herramienta tiene que ver, desde mi punto de vista, con nuestros hábitos cotidianos. Es decir… llevamos nuestros hábitos a absolutamente todas las actividades que hacemos de manera cotidiana, no importa si es una clase de yoga o de flauta o si estoy nadando o caminando, o si estoy levantando un tenedor para llevarme la comida a la boca o corriendo en el parque, mis hábitos son exactamente los mismos. En mayor o menor medida (dependiendo de la exigencia de la actividad), mis hábitos aprendidos entran en juego y puedo observar que tengo los mismos patrones no importa la actividad que esté realizando, claro que siempre puedo adquirir patrones nuevos pero en mi experiencia, esos patrones son variaciones de mis patrones anteriores, son lo conocido, si no me observo, intento volver a lo que conozco. Algunas veces los caminos que elijo para volver a eso conocido son distintos pero el resultado al final de esos caminos distintos resulta ser el hábito que ya conocía.

¿Qué es un hábito?

Se podría decir que un hábito es un patrón de comportamiento que fue aprendido en algún momento de nuestra vida, muchas veces de manera consciente, y que tiende a repetirse atuomáticamente en circunstancias similares y de manera más o menos subconsciente. Es posible traer la mayoría de nuestros hábitos a un plano consciente para observarlos.

Lo conocido se siente bien

F. M. Alexander se refería a la manera en la que nos usamos como “el Uso”.

Su propuesta es que el Uso de nuestra mente y cuerpo afecta su funcionamiento en el momento y, debido al poder de los hábitos, en el futuro. Es por eso que es conveniente ser conscientes tanto de la fuerza que tienen los hábitos, así como de su potencial utilidad.

Alexander descubrió que sentía como “correcto” hacer sus actividades cotidianas -en este caso hablar en el escenario- utilizando sus hábitos, a pesar de que dicha actividad lo llevara a perder la voz al final de su presentación. Al darse cuenta de esta situación, llegó a la conclusión de que no podía confiar en la retroalimentación sensorial que le venía de hablar en público, es decir, que lo que sentía que estaba “bien” o “correcto” según sus parámetros de ese momento, lo estaba llevando a tener un problema de salud y por lo tanto, no era algo en lo que podía confiar. A esto le llamó “apreciación sensorial defectuosa”.

La “familiaridad” nos brinda seguridad y muchos de nosotros buscamos sensaciones familiares de seguridad en nuestras actividades; si esa seguridad viene de un patrón de Uso que se encuentra desorganizado o interferido, tendremos problemas reconociéndolo y cambiándolo o decidiéndolo. Es probable que muchos de nosotros hayamos intentado cambiar algunos hábitos y sepamos lo difícil que eso puede llegar a ser, por ejemplo, la manera en la que nos sentamos en una silla.

El hábito en el proceso de aprendizaje

Cuando un niño está aprendiendo alguna actividad básica de su desarrollo como caminar, parece estar feliz de equivocarse para intentar de nuevo hasta lograr su cometido. Conforme vamos creciendo y experimentamos algún tipo de presión por la idea de “hacer las cosas bien”, nuestra capacidad de aprender parece disminuir. Pareciera que esa “felicidad” de hacer las cosas “mal” nos ayuda más a aprender algo que los intentos de conseguir hacer las cosas bien. A esta necesidad de hacer las cosas “bien”, Alexander la llamó “persecución de fines”.

Quizá la libertad empieza el momento en el que nos damos cuenta de que tenemos la oportunidad de elegir nuestro curso de acción en lugar de actuar de la manera en la que estamos acostumbrados a hacerlo. En este momento empezamos a desarrollar algo a lo que Alexander nombró “inhibición”, que consiste en observar nuestro impulso de respuesta automática ante un estímulo determinado para así poder decidir si queremos reaccionar así o de otra manera distinta. Inhibiendo desarrollamos nuevas experiencias de elección.

Esta nueva “habilidad” es básica en el desarrollo y aprendizaje de nuestras actividades cotidianas, particularmente cuando estamos aprendiendo algo que es nuevo para nosotros. Cuando estamos aprendiendo nuevas habilidades, desarrollamos patrones de comportamiento relacionados a dichas habilidads, guardamos esos patrones y los consideramos “correctos” siempre y cuando nos lleven a lograr con éxito nuestro propósito en dicha actividad por más insignificante que la actividad pueda llegar a parecer.

En el momento en el que recibimos esa retroalimentación positiva, el elemento consciente del aprendizaje pasa a volverse “parte de nuestra naturaleza” y así, cada vez pensamos menos en lo que estamos haciendo y dejamos de observar todos los nuevos elementos que nos brinda esa actividad y adquirimos toda una nueva colección de patrones a los que llamamos “nueva habilidad”.

Desarrollar hábitos es una parte vital de nuestro desarrollo como seres humanos. Necesitamos miles de respuestas automáticas para lidiar con nuestras vidas cotidianas. El riesgo empieza cuando solamente realizamos nuestras actividades en un nivel automático. Alexander notó que no era sólo su coordinación la que estaba atorada en el hábito, su forma de pensar también lo estaba. Su perseverancia e ingenio lo llevaron a darse cuenta de que necesitaba trabajar en ambas cosas simultáneamente si esperaba lograr el cambio que quería. Así fue como llegó a la conclusión de que la mente y el cuerpo son una unidad indivisible y se afectan mutuamente todo el tiempo, a esta unidad la nombró “unidad psicofísica”.

El trabajo de los hábitos empieza por observarlos y decidir cuáles queremos seguir utilizando o si esos hábitos son la “mejor manera que tenemos para reaccionar ante una cierta actividad determinada”, si no es la mejor manera, entonces tenemos la posibilidad de buscar hacer algo totalmente nuevo. Esto abre una puerta a un desarrollo constante de cada una de las actividades de nuestra vida.

El acercamiento de Alexander al aprendizaje es psicofísico. ¿Estamos conscientes de nuestro cuerpo cuando realizamos las actividades cotidianas? ¿Estás decidiendo la manera en la que estás sentado mientras lees este texto? ¿Es una “postura” cómoda? ¿Qué tal tu respiración, la tensión en tus piernas y brazos? ¿Estás acercando la cabeza a la computadora? ¿Eres consciente de tu equilibrio en este momento?

Los humanos tenemos una gran capacidad para lograr realizar la mayor parte de nuestras actividades desde un lugar casi subconsciente, metidos dentro de nuestros hábitos. La falta de atención y consciencia de cómo estamos haciendo lo que hacemos disminuye nuestro proceso de aprendizaje. Es muy fácil comprometerse profundamente a aprender algo y perderse a uno mismo en el proceso de hacerlo, ignorando los mensajes de nuestro organismo que están relacionados con el desequilibro y la falta de coordinación. Si este es el caso, no nos estamos haciendo ningún favor.

Volviendo al inicio del artículo y haciendo una reflexión sobre las muchas posturas ideales que encontramos dentro de las distintas actividades que hacemos puedo decir que quizá, estamos haciendo esa búsqueda desde un lugar que nos está alejando de lo que queremos lograr, tal y como Alexander empezó su investigación sobre el uso de su voz.

Quizá empezar a darnos cuenta de que el aprendizaje empieza por aceptar que las ideas que tenemos de algo pueden no ser las “correctas” para lograr el propósito que queremos lograr. Una vez aceptado eso, nos adentramos en un mundo desconocido que nos lleva a aprender de todo en cada momento de nuestras vidas y a entender que no somos entidades separadas de lo que nos rodea. Somos – como diría Alexander – una unidad psicofísica, y considero conveniente tomarlo en cuenta.

-Felipe Bojórquez

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