Educación, Música

El proceso creativo en la enseñanza artística

Al preguntarle a Ray Bradbury cómo hacía para seguir siendo un escritor tan prolífico a los 90 años de edad, él contestó: “No puedes resistir al amor; el amor es la respuesta a todo y la única razón para hacer cualquier cosa. Es algo que ocurre solo, es como una explosión”.

Esto nos lleva a lo que el pianista Juean Michel Pilc llama “la equivalencia del amor”. Cualquier cosa que tenga sentido cuando se habla de amor, tiene sentido también cuando se habla del proceso creativo; cualquier cosa que no tenga sentido en lo primero, no lo tendrá en lo segundo.

El amor es un estado, no es un trabajo. También lo es el arte, la música, la improvisación. Como la respiración, el amor es un proceso vital que va más allá del intelecto o incluso de las emociones. Como el amor, el arte obedece a la pasión, a la intensidad, funciona en ciclos y es imposible de describir usando palabras. El proceso creativo, como el amor, es imposible de definir debido a que está en constante cambio, siempre es diferente y, sin embargo, es una de las cosas más obvias que podemos experimentar.

El principal problema -desde mi punto de vista- de la enseñanza artística es confundir arte con disciplina. La disciplina está basada en conocimiento, crece del exterior hacia el interior. El arte crece del interior hacia el exterior. La enseñanza, al enfocarse en la disciplina, intenta fabricar algo que no puede ser fabricado. El arte es un proceso y no puede ser explicado ni reproducido, sólo puede ser transmitido y desarrollado, como la vida misma.

En otras palabras, la disciplina es a cerca de lo conocido, el arte es a cerca de lo desconocido. La disciplina involucra reglas y métodos, problemas y soluciones. El arte se trata de reglas que cambian tan pronto como las encuentras y trata de resolver problemas que no llegas a conocer completamente. Es precisamente esto lo que vuelve al arte algo tan poderoso, su misterio, la búsqueda interminable, la urgencia inextinguible.

El enfoque que propongo en la enseñanza musical es el de educar “artistas autodidactas”, cambiar las preguntas de “¿cómo hago esto?” por preguntas de “¿por qué no probamos esto y vemos lo que pasa?”. Estudiar todo, experimentar con todo, tomar un camino y ver a dónde nos lleva para después olvidar lo aprendido y regresar al principio, a hacer música.

¿Cómo podemos enseñar esto? ¿Cómo se puede enseñar algo tan personal? ¿Cómo podemos convertir algo tan subjetivo como la música en una manera objetiva de enseñarla?

Hay un misterio en el arte que la vuelve, casi por esencia, imposible de enseñar. Así que tenemos que encontrar una manera más profunda y sutil de comunicarnos con nuestros estudiantes, a través de la intuición, de la influencia1, y escucha. Enseñar se trata de transmitir la esencia de la música y tocar lo más profundo del ser de nuestros estudiantes en el proceso. Se trata de alimentar su curiosidad con la nuestra, de trascender sus límites exactamente de la manera en la que hemos logrado trascender los nuestros, a través de paciencia, práctica, atención y escucha.

Estudiar y practicar Técnica Alexander me llevó a darme cuenta de que tenemos la posibilidad de fundamentar la educación en algo mucho más profundo que los métodos escritos: nuestros procesos de vida.

Los métodos representan los procesos de investigación de otras personas y son de gran utilidad y ayuda, siempre y cuando no sustituyan los procesos de investigación propios, es decir… siempre y cuando no intentemos imponernos el camino de alguien más con el fin desesperado de lograr lo que esa persona logró.

El proceso artístico es como una planta: la pones en una buena locación, fertilizas el piso, nutres a la planta, le das comida, agua, sol o sombra… y después, la planta crece hacia donde le da la gana. Muchos libros enfocados en la disciplina han sido escritos, millones de ejercicios han sido diseñados, todos ellos son altamente valiosos, pero si el lector no vive el estudio a través de un proceso artístico verdadero, que debería ser la base de todo, ningún libro ni ejercicio podrá llevarlo por el camino del que estoy hablando.

Más allá de aprender a “poner manos” (que es el término que usamos los profesores de Técnica Alexander para referirnos a la actividad de dar una clase), a lo largo de mi formación como profesor aprendí que la posibilidad de enseñar las cosas de una manera “indirecta” resulta muy útil tanto para los profesores como para los alumnos. Esta manera “indirecta” de enseñar, nos conecta profundamente con la persona que tenemos enfrente, ya sea nuestro profesor o nuestro alumno y mientras está funcionando, el aprendizaje ocurre en ambos caminos. Así, la posibilidad de descubrir cosas de uno mismo es inmensamente grande, sólo hace falta escuchar y observar.

La enseñanza indirecta empieza por escuchar las necesidades propias y las del alumno y sobre todo, por entenderlas y aceptarlas. Después, uno tiene que sacarse todas las expectativas de la cabeza y, junto con las expectativas, sacar todos los fines preconcebidos ya sean institucionales, personales, sociales o de cualquier otro tipo que proyecta en su enseñanza y en sus alumnos. Sólo sacando todo eso existe la posibilidad real de escuchar esas necesidades.

Ahora… ¿qué ventajas tiene escuchar necesidades? Bueno… la primera y más lógica es que cuando uno le da al alumno lo que necesita profundamente, el alumno regresa a su casa hambriento de seguir investigando y se pone a estudiar… jejeje. Después, esas necesidades se convierten en caminos, en búsquedas y nos ayudan a seguir aprendiendo y formándonos; es gracias a nuestras necesidades que el verdadero aprendizaje ocurre y en ese proceso de aprendizaje, nos conocemos y entendemos más a nosotros mismos.

En muchas de las clases abiertas y clínicas que he dado, les he preguntado a los alumnos (que en su mayoría son estudiantes dentro de alguna institución) ¿qué les gusta de lo que tocaron? Es triste decirlo pero son pocas las personas capaces de decir qué les gusta… no así cuando les pregunto qué no les gusta, entonces, la lista es infinita. Esto me lleva a pensar que nuestro sistema educativo nos enseña muy bien todo lo que no debemos hacer, se enfoca en encontrar los errores y no en observar las potencialidades, que siempre, siempre están ahí esperando a ser escuchadas.

Nuestro rol como profesores entonces podría no ser el de “enseñarles” a los alumnos lo que tienen que hacer… sino ayudarlos a encontrar un camino en el que se den cuenta solos. Muchas veces los profesores enseñamos una cosa y hacemos otra sin darnos cuenta… algunas veces pasa porque “sabemos cómo” se hace pero nosotros mismos no practicamos lo que decimos, no tenemos la capacidad de lograr hacer lo que dice la teoría que tendríamos que lograr.

El aprendizaje se logra dentro del proceso de interacción clase a clase, uno interactúa de cierta forma con los alumnos -distinta con cada uno y cada vez- y esa interacción resulta en una invitación a cambiar la percepciones y sensaciones del alumno y las propias, en ese cambio se produce el aprendizaje.

Es muy común que de esta práctica surjan rutinas y sistemas de estudio muy concretos, tan es así que, seguramente todos esos métodos de los que hablábamos hace unos instantes sean el resultado de años y años de investigación y observación de alguien.

Esta aparente paradoja existente entre lo misterioso del proceso creativo y su nutrición a través de sistemas de estudio rutinarios es -según mi punto de vista-, una consecuencia directa del hecho de que el proceso creativo es algo bastante concreto. Al contrario de las teorías y los conceptos, este proceso es algo físico, sensorial, primario y encuentra su origen en los lugares más profundos de cada individuo.

Igual que aprender actividades como hablar, caminar, masticar, andar en bicicleta, etc; la enseñanza artística debe ser practicada utilizando rutinas sencillas que logren provocar cambios en la percepción psicofísica de cada individuo. El intelecto viene sólo después como una herramienta de análisis. Encuentro que en la educación actual, se les intenta enseñar a los alumnos a analizar cómo tienen que hacer para correr cuando todavía no saben ni caminar y eso, a la larga, resulta en muchos problemas.

Lo que necesitamos es explorar, jugar y equivocarnos, paciencia y tiempo. Al final, el proceso creativo, el aprendizaje es lo que importa, no que tan “bonito” o “feo” se ven nuestros resultados en un papel. El arte no es una teoría o un concepto, es una experiencia y para vivirla hay que adentrarse en todo eso que no está en los métodos, en todo eso que no conocemos de nosotros mimos.

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