Educación, Música

La música y la realidad

“La mecánica cuántica describe la naturaleza como algo absurdo al sentido común. Pero concuerda plenamente con las pruebas experimentales. Por lo tanto espero que ustedes puedan aceptar a la naturaleza tal y como es: absurda.”

-Richard Feynman

Los científicos modernos han ido desarrollando distintos puntos de vista a cerca de qué es la “realidad”.

fc3adsica-cuc3a1ntica.jpgEl primer ejemplo que me gustaría mencionar es un descubrimiento del gran físico Richard Feynman, que observó que, para ir de un punto a otro, una partícula toma todos los posibles caminos “al mismo tiempo” (siento extremadamente simple en la explicación).

El segundo ejemplo: la teoría del entrelazamiento cuántico (Einstein, Podolsky, Rosen y Schrödinger), dice que: “Un conjunto de partículas entrelazadas no pueden definirse como partículas individuales con estados definidos, sino sólo como un sistema con una función de onda única para todo el sistema. Esas fuertes correlaciones hacen que las medidas realizadas sobre un sistema parezcan estar influyendo instantáneamente otros sistemas que están enlazados con él, y sugieren que alguna influencia se tendría que estar propagando instantáneamente entre los sistemas, a pesar de la separación entre ellos.”

Esta segunda teoría demuestra que nuestro universo no es local, si dos partículas -no importa lo separadas que estén en el espacio- son parte del mismo objeto, entonces, ese espacio que existe entre las partículas no es lo que parece ser para la mente humana.

Las teorías de la mecánica cuántica ponen en duda nuestra concepción de la realidad.

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Podría dar otros ejemplos como las teorías de la relatividad de Einstein, que proponen que todos los puntos en el espacio “coexisten” permanentemente, igual que las moléculas de un cristal, y que el tiempo es nuestra manera subjetiva de viajar a través de ese cristal.

El punto principal al que quiero llegar con esto es que todas las teorías pronostican nuestra realidad, la predisponen. Negar estos hechos aparentemente “absurdos” nos lleva a obtener resultados distintos a los que se han obtenido mediante la experimentación.

En otras palabras, los hechos son obstinados, y esto es a lo que creo que se refería Richard Feyneman en la cita del principio.

Los seres humanos -regularmente- tenemos una gran necesidad de explicarnos estos hechos. Queremos saber el cómo y el por qué de todo. Nuestra necesidad de objetividad e interpretación, desarrollada después de años y años de evolución y resultado de la necesidad de supervivencia, está tan arraigada dentro nuestro que rara vez tenemos el valor de cuestionarla. Debido a esto, muchas veces resulta aterrador que quizá no exista el cómo ni el por qué y quede sólo el “hecho” que no deberíamos siquiera intentar de interpretar.

Aquí, quizá se estén preguntando ¿qué tiene que ver todo esto con la música?… bueno, tiene mucho que ver.

Aceptar e incorporar hechos aparentemente absurdos nunca ha sido una de las mayores capacidades del ser humano. Estamos educados para “creer” y confiar en todo aquello a lo que podemos encontrarle una explicación. Mark Twain lo explicó de una manera muy clara: “No es lo que no sabes lo que te mete en problemas. Es lo que sabes con certeza que simplemente no es así.”

Militares marchandoPero, resulta que todo eso que sabemos con certeza muchas veces está moldeado por un proceso pseudo-racional al que Feynman le llama “pensamiento ilusorio”: creemos en algo, nos convencemos de que es cierto y lo justificamos con miles de teorías y dogmas.

Cuando leo y hablo de todo esto siempre pienso en la música y en su estudio. Hay un lado casi olvidado que tiene que ver con miles de cosas que nadie ha podido explicar con “hechos”. Ese “lado” del estudio musical, para mi, es el origen de todas esas composiciones que se mantienen vigentes a pesar de los muchos años que tienen de haber sido creadas.

Ese lado del estudio musical es el que tiene que ver con todo lo que el sonido nos produce y que no podemos explicar… es un lugar complejo y mutable, cambia constantemente, es imposible de “asegurar” y al mismo tiempo es lo más sencillo a lo que podemos acceder, sólo tenemos que dejar los dogmas y las teorías de lado, y sentarnos a escuchar y a sentir, lo demás ocurre solo.

Pareciera que este lugar no se puede acceder de manera racional, sino a través del desarrollo de una especie de intuición profunda que no es fácil definir pero que, cuando aparece te demuestra su poder inequívocamente.

En el tiempo que tengo intentando observar mis propias ideas dogmáticas y todo lo que creo que la música “es” y “cómo tengo que tocar”, he logrado (algunas veces) darme cuenta de que hay algo muy básico y anterior a toda la teoría de cómo deben de ser la práctica diaria y la interpretación.

Bebé tocandoPara alcanzar este mundo misterioso de la intuición, el mundo “real” muchas veces me brinda la posibilidad de acceso a través de puentes sensoriales que se alejan de esos caminos abstractos y complejos que proponen los métodos.

El camino a encontrar esto que considero tan esencial, me ha llevado a pensar mucho en lo “absurdo” de la realidad y a revivir varios mundos paralelos que ocurren mientras estoy tocando. Me doy cuenta de que, entre más me distancio de las teorías, mejor es el resultado de mi estudio.

Esta aparente “ignorancia” con la que encaramos las cosas que practicamos (cuando estamos investigando solos en un inicio) tiene un resultado directo en la “belleza” del proceso.

Ahora bien… cuando hablamos de belleza, nos metemos en un mundo tremendamente subjetivo, la belleza, como un río, es algo que podemos conocer muy bien a pesar de que nunca sea igual; en el río, el fluir del agua trasciende el movimiento de sus moléculas, un movimiento que no tenemos la capacidad de observar. Así, el río siempre se verá más o menos igual pero nunca lo es…

Re-empezar mi práctica musical desde lo más “básico”, me ha llevado a darme cuenta de que, antes que nada, necesito mantener el deseo fluyendo para que la música no se seque. Me di cuenta de que, para mantener ese deseo, necesito fundamentar mi estudio no en el pensamiento, razonamiento, análisis o en la “idea de ser creativo”… pero en lo contrario, en las prácticas aparentemente más cotidianas, comunes y sencillas, que parecen estar a años luz de mis metas más elevadas como músico.

La clave para mi estuvo en las rutinas más simples, detonadas por una curiosidad misteriosa que encuentro imposible de describir.

Con el tiempo, mi estudio musical me llevó a crear una pared de separación entre la práctica musical y la música misma, entre el universo musical y la mecánica que utilizaba para acceder a él. Entre más intentaba “romper” esa pared mediante intentar entender el proceso, más confundido me sentía (un ejemplo clarísimo de la persecución de fines).

Niños TubaEn muchas ocasiones, la educación musical ha convertido la parte física y sensorial en un juego de análisis mental. Nos ha llevado a los estudiantes a “modelar” y manipular nuestra voz interna en lugar de ayudarnos a entrar en contacto con ella y conocerla. Como resultado de eso, la improvisación ha sido sustituida por el cálculo y el proceso de crear música ha perdido su esencia.

Sin embargo, existe todo el tiempo la posibilidad de embarcarse en un viaje de descubrimiento. El primer paso es ensuciarse las manos, aceptar volver a lo más básico.

La teoría y el análisis estudiados de la manera en la que se enseñan, nos llevan a anular esa parte del cerebro creativo, de la que tenemos tan poco conocimiento, y nos enseñan a actuar como si supiéramos algo de verdad. Como la medicina moderna, observan la enfermedad en lugar de observar a la persona.

Hay una condición que se llama el síndrome de Anton que puedo comparar fácilmente con lo que observo que pasa en el mundo musical contemporáneo.

El síndrome de Anton le da a las personas que tuvieron un infarto cerebral y se quedan ciegos, el problema es que no se dan cuenta de que lo están y aseguran que pueden ver.

En este síndrome, la incapacidad de ver es suplantada por memorias, percepciones y creencias aprendidas a cerca sí mismo y su entorno. De esta manera, la persona puede estar completamente convencida de que ve perfectamente bien aunque en realidad no esté viendo nada. El equivalente musical de este síndrome es, precisamente, el reemplazo de las experiencias sensoriales por conceptos y teorías.

Como en este síndrome, el entrenamiento académico de estos tiempos crea una simulación de la escucha musical muy convincente, volviendo la realidad algo completamente subjetivo y dudoso. Los músicos se alejan de su verdadera inquietud musical (con la que empezaron), y se imponen una realidad que tiene miles de explicaciones, se convencen de que esa es la verdad.

Si hablamos de la música en su esencia más pura, todas estas teorías y métodos, la pierden de vista por completo.

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