Música, Técnica Alexander

El estudio de lo desconocido

“It don’t mean a thing if it ain’t got that swing”

Duke Ellington

El proceso de aprendizaje puede ser comparado con un árbol, con su tronco, ramas, hojas y frutos, y sobre todo, la forma y belleza de su totalidad.

No existe un árbol sin tronco así como no existe vida sin ritmo. El ritmo es la base de todo, y el canal a través del cual todo en el universo cobra vida, se desarrolla y florece. El ritmo es esencial en absolutamente todos los procesos que conocemos, desde la vibración de las partículas que conforman todo lo que existe hasta los procesos y movimientos que ocurren en el universo fuera de nuestro planeta, todo tiene un ritmo, podamos entenderlo o no.

En el estudio musical, el ritmo es especialmente importante y, por su puesto, todos podemos movernos al ritmo de distintas manifestaciones o lenguajes musicales (prefiero usar el término lenguajes a la palabra “estilos”). Pero existe un “swing” (como lo llama Duke Ellington) que es inconfundible y, sin embargo, imposible de definir. Todas las teorías e intentos de explicar lo que es, quedan cortas invariablemente y ayudan poco al proceso de “conseguirlo”.

Cuando se habla de ritmo, el mundo musical se divide entre lo obvio y lo complejo: ritmos que recurren a nuestra naturaleza más básica y tribal por un lado, construcciones intelectuales que nos llevan a tener resolver acertijos numéricos por el otro.

El “swing” es un caso especial, obvio e inmediato y misterioso al mismo tiempo. Cuando un grupo o un músico “tiene swing”, uno se da cuenta inmediatamente pero no sabe cómo o por qué… uno reconoce el “swing” cuando lo siente, y es difícil vivir sin él una vez que se ha experimentado. No puede ser definido, manufacturado o cuantificado, y cuando está ahí, lo que produce hace que el análisis y razonamiento se vuelvan irrelevantes. El “swing correcto” se siente igual que la manera correcta de amar a alguien y se ve como la forma correcta en la que un árbol debe de crecer.

El fenómeno que se produce gracias al ritmo tiene un impacto físico directo, un sentimiento imposible de detener. Como dice Jean Michel Pilc: “Sientes que la música no podría parar aunque intentaras, fluye de manera inevitable”. Y lo más maravilloso es que, a pesar de ser la característica más básica y primitiva de la música, coexiste con toda la profundidad, complejidad, precisión, técnica, estructura y lógica que existen en una interpretación musical, y por su naturaleza, el ritmo hace que todas estas cualidades que tiene la música se mezclen y funcionen juntas en un momento de aparente simplicidad. Todas estas moléculas musicales (por llamarlas de una forma) se vuelven un río que todos podemos sentir, admirar y apreciar.

Cuando hablamos de ritmo, hablamos de pulso, de un acontecimiento interno que podría compararse con el latido del corazón – es por eso que la palabra “pulso” tiene sentido aquí – . Se dice que para poder tocar con otros músicos, se necesita un buen par de oídos. Esto es cierto pero la frase está incompleta, si los corazones no laten juntos, si sus pulsos no se encuentran coordinados, ni los mejores oídos lograran hacer que puedan sonar como una totalidad. Los oídos, para poder funcionar, necesitan que este engranaje misterioso funcione de manera fluida.

Cientos de veces, los músicos nos acercamos al ritmo de manera intelectual, artificial e insegura, cuando nuestro acercamiento tendría que sentirse en otro nivel. Abordada desde una manera tan intelectual, la música no puede tener pulso. No puede porque el pulso se produce en el corazón, que se encuentra en nuestra caja torácica, justo en medio de los pulmones y no en la cabeza. Cuando hacemos música no necesitamos un corazón que piense, necesitamos uno que bombee la sangre.

El pulso interno no puede ser sustituido por teorías, así que antes de obsesionarnos con métricas extrañas, polirritmias, o modulaciones métricas, por más interesantes que sean, debemos estar seguros de que nuestro pulso está funcionando bien.

Tocar en grupo involucra también mucha improvisación, lo que nos lleva a otro elemento importantísimo: el ritmo colectivo. Tocar con otras personas de una manera que realmente funcione requiere algo que va más allá de “escuchar a los demás”, especialmente cuanto se habla del ritmo. Como en una conversación entre varias personas, existen movimientos a los que cada uno tiene que estar sintonizado. Hay una dinámica general, una energía comunitaria que rodea al grupo, vuelve a la música algo más grande que la suma de las partes y le da vida. En ese momento, cada integrante del grupo sale de sí mismo para pasar a formar parte de algo más grande.

La habilidad de alcanzar ese estado de vulnerabilidad es crucial para que el ritmo colectivo funcione. Una conversación en la que todos escuchan de manera atenta y minuciosa no siempre resulta en un intercambio natural y fluido, como puede comprobarse en muchos debates políticos (por poner un ejemplo). Cuando el grupo encuentra un pulso en común, todas las preguntas se vuelven irrelevantes, uno simplemente “siente” todo lo que está ocurriendo y reacciona a ello, se entrega a la comunicación.

Hablando de la Técnica Alexander, el pulso musical del que hablo puede relacionarse con la “dirección”, tan difícil de definir pero inconfundible cuando sucede. Como el pulso, la dirección tiene un ritmo determinado que se adapta al momento y a las condiciones presentes.

La dirección es algo que nos lleva a lo desconocido. Cuando uno inhibe una reacción determinada para dirigir y observar alguna posibilidad distinta, está justamente entrenando la práctica de algo que será desconocido en ese momento. Sólo así uno puede entregarse a la marea del movimiento sin prejuicios de lo que podría pasar.

En este sentido, la práctica musical y de la Técnica Alexander tienen muchos puntos en común, en ambas es necesario “dirigirnos” para poder relacionarnos con el ritmo de un entorno que cambia a cada instante y que va por caminos poco predecibles. Es sólo cuando aceptamos ese lugar de vulnerabilidad total ( y nos adentramos en ella teniendo un recurso de uso consciente de nosotros mismos) que podemos disfrutar y aprender de lo desconocido.

Esta práctica de inhibir, dirigir y observar para decidir no es algo pasivo que puede hacerse de manera “automática”, es una actividad que requiere práctica y demanda -en algunas ocasiones- un gran desgaste.

La música como la Técnica Alexander, son actividades que puede llevarnos a conocernos y desarrollarnos de maneras que nunca habríamos podido imaginar.

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