Educación

La paradoja del esfuerzo

Debemos terminar de una vez por todas con todos los intentos educativos que han fracasado, no aceptarlos bajo nuevos aspectos y mucho menos caer en la ignominia de ver a los niños de nuestra época dedicando cada vez más horas y años al estudio de las partes de un sistema que nunca ha cumplido ni cumplirá con los requisitos de una civilización satisfactoria ni la reconstrucción futura, de la que no hay escape posible, de todos los ámbitos de la actividad humana”

F. M. Alexander (La herencia suprema del hombre, la dirección y el control conscientes en relación a la evolución humana en la civilización, 1910)

¿Cómo aprendemos? Una de las respuestas más comunes a esta pregunta y probablemente la más obvia es: vamos con un profesor que nos enseña lo que tenemos que hacer y después, intentamos hacer lo que nos dice. El profesor corrige nuestros intentos hasta que, con el tiempo y práctica, lo “logramos”. Este proceso se repite una y otra vez hasta que, finalmente, nos volvemos unos expertos en la materia.

Este método de aprendizaje está tan enraizado culturalmente que pocas veces nos detenemos a pensar si funciona realmente o no. Estamos convencidos de que tener habilidades consiste en “hacer” acciones determinadas y entonces, nos resulta lógico buscar a alguien que sepa hacerlas para que nos enseñe.

Pero ¿qué pasa si, en lugar de poner como elemento principal del aprendizaje el “hacer”, ponemos la atención que nos hacemos a nosotros mismos mientras estamos aprendiendo? En la mayoría de los métodos pedagógicos de nuestros tiempos hay tanta energía puesta en lo que estamos tratando de hacer, que normalmente perdemos de vista el esfuerzo de la persona que está tratando de aprender. Muchos logran triunfar perfectamente utilizando este acercamiento. Pero, generalmente, el acercamiento descrito falla en la observación del elemento más importante, nosotros mismos.

Creo que, cuando el acercamiento al aprendizaje hace énfasis en el uso consciente de la persona, tenemos una manera más efectiva de acercarnos a la manera en la que hacemos las cosas y esto nos permite ir más allá de los logros que se obtienen mediante los métodos tradicionales.

La paradoja del esfuerzo

Hace algunos años llegó a mis clases una persona que estaba convencida de que simplemente no podía aprender a tocar la flauta. Todos los esfuerzos que hacía para tocar la llevaban a tensar el cuerpo entero, los labios y la mandíbula se le fijaban y le era completamente imposible coordinar de una manera fluida los dedos y la lengua. Esta problemática se acrecentaba especialmente cuando tenía que tocar algo que consideraba difícil.

Sumado a todas las dificultades técnicas relacionadas al instrumento, las expectativas de lo que pensaba que tenía que lograr no la dejaban vivir en paz, sus problemas de salud emocional eran bastante peores que los dolores e incomodidades físicas. Cuando no estudiaba “lo suficiente” no podía dormir.

Estaba completamente convencida de que había empezado a tocar la flauta demasiado grande y eso ya implicaba que nunca iba a poder llegar a tocar bien, o eso le dijeron los primeros profesores que tuvo. Debido a esto, sentía y justificaba que todo le costara tanto esfuerzo, que todo fuera tan difícil y que, por lo tanto, debía pasar por lo menos 6 horas diarias tocando la flauta si quería más o menos empezar a lograr tocar un poco “mejor”.

La razón principal por la que ninguno de sus profesores había logrado ayudarla a avanzar tanto como querían era que todos se enfocaban demasiado en lo que la estudiante tenía que lograr, se enfocaban en que ella tocara lo que consideraban “mejor”, y perdían de vista que la chica se encontraba completamente atrapada en sus propios esfuerzos de lograr las cosas. Lo que volvía peor la situación era que la motivaban a que siguiera por ese camino.

La chica avanzaba poco para lo que se esperaría de alguien que estudiaba tanto pero daban por sentado que eso era debido a que había empezado con la flauta muy grande, todos habían asumido que no iba a poder mejorar más de lo que estaba mejorando y eso reforzaba las tendencias destructivas que tenía. Para cuando llegó a tomar clases conmigo, nadie sabía ya qué hacer.

Desde que empecé a estudiar música, he visto a muchos estudiantes sufrir situaciones parecidas, yo mismo he pasado por momentos muy similares a los que esta persona estaba pasando. Uno estudia y se esfuerza todo lo que puede pero el avance parece insignificante y entonces, la solución que encuentra es estudiar más y más y más.

La lógica más común es (o suele ser): “entre más estudias, más avanzas”. La idea de estudiar “mejor” se encuentra en el aire todo el tiempo, la gente repite y repite “no hay que estudiar más, sino mejor”… pero ¿qué es estudiar mejor? ¿quién enseña a estudiar mejor? ¿cómo se estudia mejor?

Los métodos y corrientes pedagógicas más utilizadas en nuestros tiempos intentan encontrar nuevos acercamientos que se alejen de la manera “rígida” y “destructiva” de los métodos y corrientes antiguas, que se consideran muchas veces como violentas y agresivas. Los profesores son todo lo amorosos que pueden ser, se van al otro extremo y en lugar de golpear a sus alumnos, intentan motivarlos amorosamente. Entonces, los estudiantes empiezan con el tema del esfuerzo, se los motiva a que se esfuercen lo más que puedan.

Me parece muy sano que ya no se siga golpeando ni agrediendo a los estudiantes como antes, pero hay un problema básico que todavía se toma muy poco en cuenta, el problema de el uso afecta.

Este problema se encuentra en la raíz de todos los problemas de aprendizaje y poner atención en este campo, abre un mundo nuevo de posibilidades de aprendizaje y progreso en las actividades cotidianas. Comúnmente, cuando estamos teniendo problemas para aprender algo, nos enfocamos en lo que tenemos que aprender, cuando en realidad el problema no es lo que podemos o no hacer; el problema es algo que está dentro nuestro. El problema es que no sabemos cómo tener un control consciente de nuestro instrumento más importante de aprendizaje, o sea, nosotros mismos.

Volviendo a mi alumna flautista, su necesidad (y la de sus profesores) de lograr un fin determinado, les estaba impidiendo ver que eran sus mismos esfuerzos y el exceso de tensión que los acompañaba lo que le impedía progresar, algo que puede resultar bastante paradójico.

Así que para empezar a soltar toda esa tensión, primero tenía que dejar intentar hacer las cosas bien, se tenía que olvidar de querer tocar bien, algo muy difícil para una persona que está estudiando una carrera que se trata de intentar tocar bien todo el tiempo.

El hábito de intentar hacer las cosas bien es el que normalmente nos lleva a dar vueltas y vueltas entre nuestros hábitos, una vez que aprendemos a inhibir esa necesidad tenemos la posibilidad de observarnos mejor y decidir nuestro curso de acción.

Esta propuesta de acercamiento al aprendizaje puede parecer fácil a simple vista pero requiere de mucha atención. No estoy diciendo que es la solución a todos los problemas que tenía mi alumna, pero sin ese comienzo, el cambio resultaba completamente imposible.

Dicho de una forma muy simple, cuando empezamos a dejar de intentar es cuando podemos encontrar caminos alternativos que nos lleven a resolver los problemas de una manera más sana para nosotros. Si no empezamos por este lugar, estaremos destinados a caer en nuestros hábitos tarde o temprano, a encerrarnos en nuestras formas habituales de acción y en nuestras tensiones habituales.

Si queremos un acercamiento distinto al aprendizaje, necesitamos encontrar cómo transformar nuestras respuestas habituales en medios constructivos a través de los cuales podamos cambiar nuestro foco de atención para evitar los hábitos destructivos. Este cambio es posible a partir de que nos olvidamos de “intentar hacer lo correcto” y empezamos a pensar de manera más creativa. Sólo así podemos empezar a aprender cómo aprender.

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