Educación

El estudio constructivo

En el artículo pasado (El concepto de lo que hacemos y cómo afecta a lo que aprendemos) hablamos un poco a cerca de cómo nuestro aprendizaje se ve afectado por el miedo que tenemos de no poder lograr nuestra finalidad. Hemos aprendido también que, al hacer algo relacionado (pero distinto) a la actividad que queremos aprender, podemos (algunas veces) resolver ciertas problemáticas.

Al reemplazar una actividad no constructiva por una constructiva, el problema no es “corregido” sino más bien, “rodeado”. Este es un principio fundamental. Muchos profesores que tienen la habilidad de observar y entender las dificultades de sus alumnos, utilizan el principio básico del “acercamiento indirecto”.

Si alguien tiene problemas para escribir, pueden hacerlo dibujar; si tienen problemas para aprender a hablar, pueden hacerlo cantar; si tiene miedo de probar algo nuevo, lo hacen “actuar” la actividad o intentar hacer alguna actividad que represente menor “riesgo”.

Otra práctica útil y básica es la de dividir las tareas en etapas que los alumnos puedan manejar y entender con facilidad. El chelista Yo Yo Ma describe cómo, cuando estaba aprendiendo a tocar, su padre lo hacía memorizar dos compases al día de alguna Suite de J. S. Bach, hasta que aprendía de memoria la obra entera. Estudiar de esta manera vuelve posible poner la energía en resolver una cosa a la vez de una manera más sana, en lugar de intentar atender muchas cosas sin tener la posibilidad de observar cómo las atendemos.

Cuando nos dan demasiado para estudiar, dejamos de disfrutar el proceso del aprendizaje y tendemos a sentirnos o completamente agobiados o demasiado ambiciosos. Una de las razones por las que los niños pequeños aprenden de forma tan alegre y sencilla es porque no se preocupan por el futuro. Se sumergen por completo en el momento. Aprenden con inocencia y felicidad y, por lo tanto, aprenden de manera extremadamente eficiente.

Mientras crecemos y generamos expectativas futuras, esa liviandad desaparece y viene la sensación de fracaso. Enfrentamos los problemas del estudio desde el miedo al fracaso y olvidamos nuestra capacidad de tratar cosas diferentes. Nuestros profesores suelen agravar el problema al darnos programas de estudio que, generalmente reflejan sus ambiciones y no las nuestras, hasta que internalizamos dichas ambiciones y se vuelven nuestras peores enemigas. Como resultado, nos sentimos sobrepasados y, pocas veces nos damos la libertad que los niños se dan de aprender poco a poco, en partes que son fáciles de manejar para ellos.

Como adultos, sin embargo, no podemos intentar o emular la manera en la que aprenden los niños. Debido a que nos es imposible volver en el tiempo, necesitamos establecer conscientemente una manera de aprender que nos resulte constructiva.

A algunos les servirá estudiar en un lugar silencioso y sin distracciones, dividir las tareas en partes que puedan manejar fácilmente, tomarse un tiempo para pensar en lo que quieren hacer y, sobre todo, dejar de pensar en el “mañana”. La tarea final no será distinta que antes pero la hemos concebido de una manera distinta que nos da la posibilidad de acercarnos a ella de manera más amable y liviana. En lugar de ver los problemas como una barrera que nos impide progresar, los afrontamos de una manera en la que los podemos entender. Nos hacemos cargo de nuestro proceso de aprendizaje al hacernos cargo de cómo concebimos lo que tenemos que hacer para aprender.

Cuando entendemos cómo acercarnos a los problemas que se nos presentan durante el estudio, hemos aprendido a aprender. Hemos aprendido a ser más amorosos con nosotros mismos y a usar estrategias constructivas que nos dan la posibilidad de responder a nuestras actitudes destructivas. En ese momento hemos logrado crear un entorno constructivo que nos permitirá mejorar nuestro propio aprendizaje, tanto de las actividades que hacemos como de nosotros mismos.

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